Cuando estudiaba en la universidad, en las clases de
arte cubano, conocí la obra de una artista llamada Antonia Eiriz (La
Habana, 1929 – Miami, 1995).
Había en aquellos cuadros (que conocí por fotos) algo que, de algún modo, se
comunicaba directamente con mi sensibilidad. Como si de pronto aquellos cuadros
(las fotos de aquellos cuadros) tuvieran manos y puños, y fuesen capaces de
darme una bofetada. Porque de eso se trata el buen arte: de la capacidad de
golpear, de conmover, de poner nuestro mundo patas arriba, de provocar dolor y
risa y llanto... o cualquier otra cosa, menos indiferencia. Porque nadie puede
permanecer indiferente ante el buen arte. Y había también en esos cuadros una
especie de “grito” que, aunque distante del de Edvard Munch, no era menos
conmovedor o poderoso.
Dos de las obras que estudiamos fueron “La
anunciación” y “La muerte en pelotas”. Claro que una cosa es conocer esa obra
por fotos, y otra muy diferente es tener los originales delante, abofeteándote
ahora de verdad. Y eso fue lo que pasó cuando entré por primera vez al Museo
Nacional de Bellas Artes, sala de Arte Cubano. Tener enfrente esa obra
descomunal (en cuanto a proporciones y maestría técnica) que es “La muerte en
pelotas” es una sensación que, sencillamente, hay que vivirla para poder
comprender. Desde aquel momento Antonia Eiriz se convirtió en una de mis
artistas favoritas de la plástica cubana (el otro es Fidelio Ponce).
Luego en La Habana, cuando estudiaba en el Centro de
Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso", muchas veces nos llevaban
a almorzar al Ministerio de Cultura. Había en el comedor del Ministerio de
Cultura una obra (no recuerdo si era un original o una impresión en tela) de
Antonia Eiriz. De cualquier modo, no podía evitar cuestionarme que la obra de Eiriz
era demasiado grande para terminar de cortina de un comedor obrero. Fue allí
cuando escuché por primera vez que Antonia Eiriz era coja, pero lo había olvidado,
y me lo acaba de recordar un buen amigo (Raúl Dopico) que es una especie de
enciclopedia del arte cubano.
Ahora bien, muchas de esas obras, que por suerte lograron escapar de nuestra isla - y digo "lograron escapar", consciente de que estoy usando un recurso literario llamado "personificación" y que consiste en atribuir a objetos o cosas cualidades humanas, porque soy del criterio que las obras de arte tienen vida propia, incluso más allá de la voluntad de su autor - ahora se exponen en Miami, en el Museo Americano de la Diáspora Cubana (https://thecuban.org/antonia-eiriz-in-the-eye-of-the-sibylin-the-eye-of-the-sibyl/). La exposición, titulada “ANTONIA EIRIZ: EL OJO DE LA SIBILA” y curada por Janet Batet, reúne 20 obras, muchas de las cuales forman parte de colecciones privadas y algunas, nunca antes habían sido expuestas. La muestra, abierta al público hasta el mes de abril, se inspira en el ensayo de Batet “En el ojo de la Sibila”, que nos presenta a Eiriz como una figura oracular, cuya obra interrumpe, critica y da testimonio de las realidades opresivas de su tiempo. Al igual que la mitológica Sibila, que predecía los eventos con inquietante claridad, el arte de Eiriz actúa como reflejo y advertencia, revelando la desilusión, la represión y la violencia que se ocultaban bajo la retórica de la entonces joven revolución cubana. "El trabajo de Eiriz no solo es un espejo de su propio trauma, sino también una herida colectiva que resuena con muchas voces de Cuba y de la diáspora", explica Batet, y añade: “su respuesta a la censura no fue el silencio, sino una reconfiguración de su práctica, que habla de resiliencia, adaptabilidad y desafío”.
Dicho esto, solo nos resta invitar a los amantes del
arte – del buen arte – a no perder esta oportunidad, tal vez única, de apreciar
de cerca la obra de una artista capaz de golpear, de conmover, de poner nuestro
mundo patas arriba, de provocar dolor y risa y llanto... o cualquier otra cosa,
menos indiferencia.
Carlos Ramos Gutiérrez
Miami, 20 de febrero, 2025
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