Por: Carlos Ramos Gutiérrez
Omar Rodríguez García (Remedios, Cuba 1952-2009) no tuvo la dicha -en vida- de ver publicados todos sus versos. Versos que, como juglar, iba compartiendo con el caminante, con sus compatriotas del “escuadrón de la muerte”, por las calles y plazas de San Juan de los Remedios, octava villa fundada por los españoles en Cuba. Pese a ser condenado en vida a la marginalidad y el ostracismo, jamás dejó de crear. Porque para Omar la poesía era mucho más que una vocación, un don o hobby; él vivió desde y para la poesía. Y es por ello que vivió al margen de instituciones, corrientes o movimientos de moda… que no se prostituyó al mejor postor, ni dedicó odas al rey para recibir prebendas, ni escribió versos por encargo. Como bien señala Jesús Díaz Rojas en el prólogo a su poemario póstumo Bajo el Cielo de San Juan (Editorial Capiro, 2015): “No perteneció a ninguna institución reconocida y menos colgaron de su pecho medallas o estandartes”.
Conocer a Omar Rodríguez García (Omarito, para sus amigos) fue mi primer acercamiento a un poeta vivo que escribía sonetos y décimas con la maestría y belleza de los clásicos, los poetas muertos. Su propia persona parecía sacada de un libro, de una época pasada. Algo de lo que él mismo era consciente, y con lo que jugó -más de una vez- en algunos de sus mejores textos:
… quién sabe un Quijote sea
por eso de andar errante.
Quijote sin Rocinante,
sin Sancho ni Dulcinea.
En la Biblioteca Pública de Remedios, donde trabajaba, atesoraba con recelo la edición de su poemario De Flor y Soledad (Editorial Capiro, 2003). Y lo compartía entusiasmado con el ávido lector. Fue allí donde lo conocí, donde por primera vez me leyó sus versos, y recuerdo que quedé deslumbrado por la belleza de aquellos sonetos. Pero hay uno en especial que se quedó para siempre revoloteando entre mis recuerdos, uno que Omar me leyó como si se tratase de una verdadera joya, y lo era:
Bien sé de una mujer, quizás de estrella,
quizás mejor de rosa vespertina.
Mujer de soledad, casi divina,
por quien pasa el dolor sin dejar huella.
Bien sé de esa mujer, y sé por ella,
que es de cielo el amor, que el cielo existe;
y a veces triste, como un ángel triste,
resulta siempre esa mujer tan bella.
Su nombre no debiera ni decirlo,
sé que el viento quisiera repetirlo
en cada atardecer y en cada aurora.
Mas si el viento un día, con pasión de hombre,
hubiera al fin de repetir su nombre,
tendría entonces que decir Dinora.
Nadie como él le ha cantado a su natal San Juan de los Remedios, a la magia y al embrujo de la villa:
¡Oh, San Juan de los Remedios,
como un milagro al trasluz,
eres la luz de la cruz
que crucifica mis tedios!
Vago por ti, por tus predios,
y en cada paso triunfal
dejo de ser lo virtual
de la sombra y su revés.
Soy el perfil y el revés
de la rosa en el vitral.
Calles de sueño empedrado
por las que el cielo se sube,
si es puro el sueño, y de nube
resulto ser lo soñado.
Viejo San Juan olvidado
como flor de peregrino,
voy por tus calles y empino
de nuevo la fe perdida.
Eres presagio de vida,
para mi andar sin destino.
Y a sus personajes populares:
Da la iglesia del Buenviaje
sombra de triste valer
al escuadrón del beber,
que ignora que en su bregaje
reserva visa y pasaje
para el viaje del olvido.
Escuadrón empedernido
de aquellos, que si tuvieron,
lo que tuvieron perdieron,
o lo dieron por perdido.
Son como nubes sin ir
en el paisaje difusas.
Pobres vidas inconclusas
vacías de porvenir.
No se cansan de pedir
de todo en toda ocasión.
Beben a pico y sin ton
sin el menor menoscabo;
y fuman, de un mismo cabo,
mil bocas sucias de ron.
En febrero de 2025, a dieciséis años de la partida física de Omar, tres remedianos se dieron cita en el Downtown de Miami para intentar una proeza: sacar de las urdimbres del olvido toda la obra de nuestro querido poeta, y publicarla en una antología. Esos tres remedianos eran Gladys Aponte, Alexander Calzada y este servidor. Quien nos puso en contacto fue Mirladys Ventura, antologadora y prologuista de este libro que, con mucha satisfacción, hoy les podemos compartir. Gladys y Alexander llegaron con una carpeta llena de páginas impresas, con muchas ilusiones... Les dije que si queríamos hacerlo en grande, teníamos que involucrar a la Editorial Betania. Entonces contactamos a Felipe Lázaro, quien desde el primer momento apoyó este proyecto. Luego se sumó otro remediano: Robinson Rodríguez, autor de la imagen en portada y las ilustraciones interiores del libro.
Fueron muchas horas de trabajo, muchos correos electrónicos, chats en WhatsApp... pero todo el esfuerzo y la dedicación, han valido la pena.
En el prólogo de esta antología, Mirladys Ventura Portal señala que:
“Omar Rodríguez es un hombre de una sensibilidad diferente, nada humano ni divino le fue ajeno, como ser de talento especial, fue controversial y contradictorio. Se autodenominaba con el título de “conde” y se tatuó este linaje en su brazo (tatuaje que tuvo que someter a cirugía para poder viajar a la URSS como parte de un premio) y a veces tenía ese comportamiento de caballero medieval, otras se convertía en el más pueril de los villanos. Representó al pícaro, al adúltero, fue poligámico, fantasioso y paria, fue amigo, el amigo que le llevaba a su amigo un soneto cada día, y así nació A cielo errante.
La Editorial Betania asume un papel clave: permitir que este autor cubano, poco conocido más allá del estrecho marco de sus coterráneos, llegue a un público más amplio. Pues como también señala Ventura Portal, se trata de “… resarcir la injusticia de un silencio -tal vez cómplice- al que fue sometido este poeta, y, peor aún, su obra”. Idea que reafirma el escritor y crítico literario Manuel C. Díaz en una elogiable reseña publicada en el diario El Nuevo Herald, donde describe esta antología como “una excelente y oportuna manera de otorgarle póstumamente el reconocimiento que nunca le dieron en vida”. Entonces, Del polvo no he venido (Editorial Betania, Colección Antologías, 2025) viene precisamente a eso: a “resarcir una injusticia”. Porque no se podía permitir que un poeta de la talla de Omar, y una obra de tal envergadura, fuesen condenados al silencio.

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