jueves, 23 de octubre de 2025

“Del polvo no he venido”: poemas para romper un silencio cómplice

 Por: Carlos Ramos Gutiérrez

 

Omar Rodríguez García (Remedios, Cuba 1952-2009) no tuvo la dicha -en vida- de ver publicados todos sus versos. Versos que, como juglar, iba compartiendo con el caminante, con sus compatriotas del “escuadrón de la muerte”, por las calles y plazas de San Juan de los Remedios, octava villa fundada por los españoles en Cuba. Pese a ser condenado en vida a la marginalidad y el ostracismo, jamás dejó de crear. Porque para Omar la poesía era mucho más que una vocación, un don o hobby; él vivió desde y para la poesía. Y es por ello que vivió al margen de instituciones, corrientes o movimientos de moda… que no se prostituyó al mejor postor, ni dedicó odas al rey para recibir prebendas, ni escribió versos por encargo. Como bien señala Jesús Díaz Rojas en el prólogo a su poemario póstumo Bajo el Cielo de San Juan (Editorial Capiro, 2015): “No perteneció a ninguna institución reconocida y menos colgaron de su pecho medallas o estandartes”.

 

Omar Rodríguez García (Remedios, Cuba 1952-2009)

Conocer a Omar Rodríguez García (Omarito, para sus amigos) fue mi primer acercamiento a un poeta vivo que escribía sonetos y décimas con la maestría y belleza de los clásicos, los poetas muertos. Su propia persona parecía sacada de un libro, de una época pasada. Algo de lo que él mismo era consciente, y con lo que jugó -más de una vez- en algunos de sus mejores textos:

 

… quién sabe un Quijote sea

por eso de andar errante.

Quijote sin Rocinante,

sin Sancho ni Dulcinea.

 

En la Biblioteca Pública de Remedios, donde trabajaba, atesoraba con recelo la edición de su poemario De Flor y Soledad (Editorial Capiro, 2003). Y lo compartía entusiasmado con el ávido lector. Fue allí donde lo conocí, donde por primera vez me leyó sus versos, y recuerdo que quedé deslumbrado por la belleza de aquellos sonetos. Pero hay uno en especial que se quedó para siempre revoloteando entre mis recuerdos, uno que Omar me leyó como si se tratase de una verdadera joya, y lo era:

 

Bien sé de una mujer, quizás de estrella,

quizás mejor de rosa vespertina.

Mujer de soledad, casi divina,

por quien pasa el dolor sin dejar huella.

 

Bien sé de esa mujer, y sé por ella,

que es de cielo el amor, que el cielo existe;

y a veces triste, como un ángel triste,

resulta siempre esa mujer tan bella.

 

Su nombre no debiera ni decirlo,

sé que el viento quisiera repetirlo

en cada atardecer y en cada aurora.

 

Mas si el viento un día, con pasión de hombre,

hubiera al fin de repetir su nombre,

tendría entonces que decir Dinora.

 

Nadie como él le ha cantado a su natal San Juan de los Remedios, a la magia y al embrujo de la villa:

 

¡Oh, San Juan de los Remedios,

como un milagro al trasluz,

eres la luz de la cruz

que crucifica mis tedios!

Vago por ti, por tus predios,

y en cada paso triunfal

dejo de ser lo virtual

de la sombra y su revés.

Soy el perfil y el revés

de la rosa en el vitral.

 

Calles de sueño empedrado

por las que el cielo se sube,

si es puro el sueño, y de nube

resulto ser lo soñado.

Viejo San Juan olvidado

como flor de peregrino,

voy por tus calles y empino

de nuevo la fe perdida.

Eres presagio de vida,

para mi andar sin destino.

 

Y a sus personajes populares:

 

Da la iglesia del Buenviaje

sombra de triste valer

al escuadrón del beber,

que ignora que en su bregaje

reserva visa y pasaje

para el viaje del olvido.

Escuadrón empedernido

de aquellos, que si tuvieron,

lo que tuvieron perdieron,

o lo dieron por perdido.

 

Son como nubes sin ir

en el paisaje difusas.

Pobres vidas inconclusas

vacías de porvenir.

No se cansan de pedir

de todo en toda ocasión.

Beben a pico y sin ton

sin el menor menoscabo;

y fuman, de un mismo cabo,

mil bocas sucias de ron.

 

En febrero de 2025, a dieciséis años de la partida física de Omar, tres remedianos se dieron cita en el Downtown de Miami para intentar una proeza: sacar de las urdimbres del olvido toda la obra de nuestro querido poeta, y publicarla en una antología. Esos tres remedianos eran Gladys Aponte, Alexander Calzada y este servidor. Quien nos puso en contacto fue Mirladys Ventura, antologadora y prologuista de este libro que, con mucha satisfacción, hoy les podemos compartir. Gladys y Alexander llegaron con una carpeta llena de páginas impresas, con muchas ilusiones... Les dije que si queríamos hacerlo en grande, teníamos que involucrar a la Editorial Betania. Entonces contactamos a Felipe Lázaro, quien desde el primer momento apoyó este proyecto. Luego se sumó otro remediano: Robinson Rodríguez, autor de la imagen en portada y las ilustraciones interiores del libro.

Fueron muchas horas de trabajo, muchos correos electrónicos, chats en WhatsApp... pero todo el esfuerzo y la dedicación, han valido la pena.

En el prólogo de esta antología, Mirladys Ventura Portal señala que:

“Omar Rodríguez es un hombre de una sensibilidad diferente, nada humano ni divino le fue ajeno, como ser de talento especial, fue controversial y contradictorio. Se autodenominaba con el título de “conde” y se tatuó este linaje en su brazo (tatuaje que tuvo que someter a cirugía para poder viajar a la URSS como parte de un premio) y a veces tenía ese comportamiento de caballero medieval, otras se convertía en el más pueril de los villanos. Representó al pícaro, al adúltero, fue poligámico, fantasioso y paria, fue amigo, el amigo que le llevaba a su amigo un soneto cada día, y así nació A cielo errante.

 

Robinson Rodríguez - Fantasma Sentado (Ilustración del libro)

La Editorial Betania asume un papel clave: permitir que este autor cubano, poco conocido más allá del estrecho marco de sus coterráneos, llegue a un público más amplio. Pues como también señala Ventura Portal, se trata de “… resarcir la injusticia de un silencio -tal vez cómplice- al que fue sometido este poeta, y, peor aún, su obra”. Idea que reafirma el escritor y crítico literario Manuel C. Díaz en una elogiable reseña publicada en el diario El Nuevo Herald, donde describe esta antología como “una excelente y oportuna manera de otorgarle póstumamente el reconocimiento que nunca le dieron en vida”. Entonces, Del polvo no he venido (Editorial Betania, Colección Antologías, 2025) viene precisamente a eso: a “resarcir una injusticia”. Porque no se podía permitir que un poeta de la talla de Omar, y una obra de tal envergadura, fuesen condenados al silencio.

 


viernes, 26 de septiembre de 2025

Austero resumen de pérdidas y abandonos

 Por: Carlos Espinosa Domínguez

Publicado originalmente en: Cubaencuentro (06/10/2023)

 


En una entrevista que le hice a Reinaldo Arenas la última vez que vino a España, le pregunté qué aspectos positivos y qué aspectos negativos había tenido para él el exilio. Copio a continuación parte de su respuesta:

“El exilio nos da una profundidad para trabajar, y en el caso del exilio político, como en el fondo lo son casi todos, nos da la libertad de escribir sin mordazas. No nos vamos de nuestra patria porque nos guste marcharnos, sino porque no nos queda otro remedio. La página en blanco pasa a ser entonces nuestra patria, y tenemos que llenarla donde sea. Y la vamos llenando en una tierra donde, por lo menos, no somos perseguidos políticos.

“(…) Lo negativo, en cambio, es el precio tan alto que debemos pagar. Un exiliado es, en el mejor de los casos, una sombra. Cuando yo me paseo por el malecón de Cádiz o visito el Museo del Prado, hay dos personas: una sombra que está paseando o visitando esos lugares y otra persona que fui yo, que se quedó en Cuba y que me está llamando, reclamando. Un exiliado nunca podrá recuperar su total autenticidad. Imposible. Estamos hechos de un conjunto de connotaciones y referencias a una época y a un país, el nuestro, con las cuales nos vamos a seguir relacionando a través de la memoria. Un exiliado es una persona que vive en las sombras; su verdadera luz está en la patria que dejó.

“De manera que aunque es una experiencia saludable para la creación, porque posibilita un proceso de decantación y objetivación de la obra literaria, el exilio es, desde el punto de vista humano, una experiencia cruel. Quizás por serlo, uno, para no enloquecer, para tratar de sobrevivir y recuperar algo de lo perdido, continúa escribiendo. Pero te repito, el precio que hay que pagar es desmesurado”.

He vuelto a esas palabras porque me las hizo traer a la memoria la lectura del poemario Casa que ya no es mía (Editorial Betania, Madrid, 2023, 87 páginas), de Carlos Ramos Gutiérrez (Remedios, 1986). Eso se explica porque en los textos que lo integran, el exilio constituye su médula y su motivo principal. A ello se refiere en la introducción Santiago Méndez Alpízar, quien hace notar que la revolución contribuyó a engrosar sobremanera el fenómeno de la diáspora: “Miles de puntos en los más distantes rincones del orbe. Puntos que luego, muchos, regresan al núcleo, al paisaje que solamente sobrevive en la memoria, sin embargo”.

Ya desde el poema abre el libro, el sujeto poético que se expresa en primera persona enfrenta el “austero resumen de pérdidas” que ha sido el precio que debió pagar: “La casa donde yo nací ya no es mi casa:/ tiene nuevos propietarios/ y ciertas modificaciones/ en la estructura/ y la decoración.// Calle Concordia,/ Número 59.// Han removido/ los azulejos rosados de la acera,/ y han cambiado los viejos faroles/ por otros más modernos”.

Estamos ante un testimonio de fracturas y abandonos que Ramos Gutiérrez plasma con un tono reposado y una amarga serenidad: “Ayer no puede evitar/ al pasar frente a mi casa —que ya no es mía—/ que algo se apretara allí,/ en la garganta y en el pecho./ Pensé que un hombre/ debería conservar a cualquier costo/ la casa que ha heredado de sus padres,/ de los padres de sus padres…/ y algún día dejarla como herencia/ a sus hijos./ Mas no fue posible conservar aquella,/ fue necesario venderla para pagar/ un pasaporte,/ una visa al ‘País de las Maravillas’/ donde no tenemos casa”.

 

Ilustración interior del libro, del artista Yunier Gómez Torres 

 

La ciudad de la cual, como Lot, se fue

Ese sentimiento de que nada de lo que queda es suyo, experimentado por él al regresar, lo invade de igual modo al recorrer el barrio donde creció: “Los niños que están corriendo/ por las calles donde tantas veces/ corrí no conocen mi nombre,/ nunca serán mis amigos./ Como ya nada nunca será mío en esta vieja ciudad”. Quienes eran sus vecinos, asimismo, ahora viven “en una nueva casa/ de otro barrio de otro pueblo,/ en algún lugar del mundo;/ ya no nos queda en común/ ni el código postal./ Muchos tienen/ nuevos nombres, familia/ y nacionalidades./ Y hasta resulta difícil/ acordarse de ellos/ cuando te los tropiezas/ —de casualidad—/ una tarde en Facebook”.

Ni siquiera, como contempla con desconsuelo, la ciudad de la cual él se fue, como Lot, es hoy la misma. A veces estrena “un vestido/ se maquilla/ tiñe de vivos colores/ sus rebeldes canas”. Pero nada consigue ocultar que está sumida en el cansancio que supone oponerle resistencia al tiempo, tratar de mantenerse intacta, hacer lo posible por rehacer los pórticos y las añoranzas que fue perdiendo. A lo sumo, lo único que logra se reduce “a veces olvidar/ que es vieja ya/ —y culpable—/ como sus hijos”.

A lo largo del poemario hallamos numerosas frases pertenecientes a la Biblia. Alude a ello Méndez Alpízar, al apuntar que Ramos Gutiérrez encuentra esas referencias sagradas para “enderezar el rumbo”. Pero una vez alcanzada la tierra prometida, se revela la dura realidad del exilio: “es la vaga sensación de que tus palabras son menos firmes y que de un momento a otro pudieras salir volando arrastrado por un viento de cuaresma porque no tienes raíces”. De igual modo, la ciudad donde ahora vive ese sujeto poético con claro sesgo autobiográfico no es la que lo engendró, no fue la ostra dentro de la cual estuvo protegido. Por tanto, esa nunca será su ciudad, como tampoco podrá serlo aquella que abandonó.

En el último de los siete bloques en que está distribuido el libro, figura un poema titulado “Autorretrato con Miami de fondo”, donde se lee: “La casa donde vivo no es mi casa:/ tengo que pagar por ella/ una mensualidad.// El mes pasado quise hacer/ ciertas modificaciones/ en la estructura/ y la decoración,/ mas no me fue posible,/ no estuvo de acuerdo en ello/ mi arrendador:/ el propietario/ de la casa donde vivo”. Nada de lo que hay en ella tampoco es suyo, salvo unos pocos libros que pudo traer en una bolsa zurcida, cuando cruzaba fronteras y perseguía sueños.

De estos últimos, hay uno que no se perdió en el camino y que hasta hoy mantiene: “si no fuera tan alta la mensualidad que tengo que pagar por la casa donde vivo quizás pudiera comenzar a hacer algunos ahorros y acaso con un poquito de suerte en el curso de unos años tal vez llegara a reunir lo suficiente para comprar una casa en un barrio de algún pueblo en algún lugar del mundo acaso aquella de la calle Concordia número 59”.

En los numerosos fragmentos que he reproducido, resulta evidente que la de Ramos Gutiérrez es una poesía de carácter confesional, que va enlazada con un sondeo interior. En Casa que ya no es mía, su autor se zambulle en un asunto complejo y lo trata con fina sensibilidad e inteligencia. Sus textos son sosegados en la superficie, pero doloridos por debajo. Solo que ese dolor nunca se exterioriza, porque no es plañidero ni imprecativo. Esas páginas poseen además un registro indispensable en el discurso poético: la emoción. Sin embargo, eso no las lleva a caer en la emotividad ni en el sentimentalismo. Ramos Gutiérrez lo consigue, entre otras razones, porque en sus poemas la emoción está atemperada con una apacible melancolía. Asimismo, porque se dirige a los lectores de modo directo y cálido. Busca la comunicación, pero no la devalúa con fórmulas banales. Para ello, opta por una escritura serena, de deliberada transparencia y de sonoridad elegante.

Considero pertinente decir que, aunque el exilio permea casi todo el libro, este no es monocorde y reserva lugar para otros asuntos. Así, el amor está muy presente en la sección titulada No quiero despertar, pues la mañana… Que la alforja temática de Ramos Gutiérrez es más acogedora, lo acreditan textos como “Plegaria a mi cuerpo joven”, “Últimas horas de Virginia Woolf”, “Conversación con Bukowski”, “Paisaje”, “Embarque a Kythera”. Y, en fin, quienes se adentren en las páginas del libro objeto de estas líneas hallarán otros más.

Libro que se lee de un sorbo, Casa que ya no es mía se distingue por un sostenido aliento y una coherencia que lo sitúan por encima de la calidad media de buena parte de la poesía cubana que hoy se escribe. Lo firma un poeta con entidad, que merece —y ojalá la reciba— mayor atención.

 

*** Casa que ya no es mía está disponible en Amazon: https://www.amazon.com/dp/848017451X

  

 

lunes, 24 de febrero de 2025

Invitación al encuentro con Antonia Eiriz, en el Museo Americano de la Diáspora Cubana

Cuando estudiaba en la universidad, en las clases de arte cubano, conocí la obra de una artista llamada Antonia Eiriz (La Habana, 1929 – Miami, 1995). Había en aquellos cuadros (que conocí por fotos) algo que, de algún modo, se comunicaba directamente con mi sensibilidad. Como si de pronto aquellos cuadros (las fotos de aquellos cuadros) tuvieran manos y puños, y fuesen capaces de darme una bofetada. Porque de eso se trata el buen arte: de la capacidad de golpear, de conmover, de poner nuestro mundo patas arriba, de provocar dolor y risa y llanto... o cualquier otra cosa, menos indiferencia. Porque nadie puede permanecer indiferente ante el buen arte. Y había también en esos cuadros una especie de “grito” que, aunque distante del de Edvard Munch, no era menos conmovedor o poderoso.

Dos de las obras que estudiamos fueron “La anunciación” y “La muerte en pelotas”. Claro que una cosa es conocer esa obra por fotos, y otra muy diferente es tener los originales delante, abofeteándote ahora de verdad. Y eso fue lo que pasó cuando entré por primera vez al Museo Nacional de Bellas Artes, sala de Arte Cubano. Tener enfrente esa obra descomunal (en cuanto a proporciones y maestría técnica) que es “La muerte en pelotas” es una sensación que, sencillamente, hay que vivirla para poder comprender. Desde aquel momento Antonia Eiriz se convirtió en una de mis artistas favoritas de la plástica cubana (el otro es Fidelio Ponce).

Luego en La Habana, cuando estudiaba en el Centro de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso", muchas veces nos llevaban a almorzar al Ministerio de Cultura. Había en el comedor del Ministerio de Cultura una obra (no recuerdo si era un original o una impresión en tela) de Antonia Eiriz. De cualquier modo, no podía evitar cuestionarme que la obra de Eiriz era demasiado grande para terminar de cortina de un comedor obrero. Fue allí cuando escuché por primera vez que Antonia Eiriz era coja, pero lo había olvidado, y me lo acaba de recordar un buen amigo (Raúl Dopico) que es una especie de enciclopedia del arte cubano. 


Ahora bien, muchas de esas obras, que por suerte lograron escapar de nuestra isla - y digo "lograron escapar", consciente de que estoy usando un recurso literario llamado "personificación" y que consiste en atribuir a objetos o cosas cualidades humanas, porque soy del criterio que las obras de arte tienen vida propia, incluso más allá de la voluntad de su autor - ahora se exponen en Miami, en el Museo Americano de la Diáspora Cubana (https://thecuban.org/antonia-eiriz-in-the-eye-of-the-sibylin-the-eye-of-the-sibyl/). La exposición, titulada “ANTONIA EIRIZ: EL OJO DE LA SIBILA” y curada por Janet Batet, reúne 20 obras, muchas de las cuales forman parte de colecciones privadas y algunas, nunca antes habían sido expuestas. La muestra, abierta al público hasta el mes de abril, se inspira en el ensayo de Batet “En el ojo de la Sibila”, que nos presenta a Eiriz como una figura oracular, cuya obra interrumpe, critica y da testimonio de las realidades opresivas de su tiempo. Al igual que la mitológica Sibila, que predecía los eventos con inquietante claridad, el arte de Eiriz actúa como reflejo y advertencia, revelando la desilusión, la represión y la violencia que se ocultaban bajo la retórica de la entonces joven revolución cubana. "El trabajo de Eiriz no solo es un espejo de su propio trauma, sino también una herida colectiva que resuena con muchas voces de Cuba y de la diáspora", explica Batet, y añade: “su respuesta a la censura no fue el silencio, sino una reconfiguración de su práctica, que habla de resiliencia, adaptabilidad y desafío”. 

Dicho esto, solo nos resta invitar a los amantes del arte – del buen arte – a no perder esta oportunidad, tal vez única, de apreciar de cerca la obra de una artista capaz de golpear, de conmover, de poner nuestro mundo patas arriba, de provocar dolor y risa y llanto... o cualquier otra cosa, menos indiferencia.

 

                                                                Carlos Ramos Gutiérrez

Miami, 20 de febrero, 2025

                                                              


domingo, 16 de enero de 2022

UNO DE VOSOTROS ME TRAICIONARÁ: APROXIMACIONES A LA ESTÉTICA DE YUNIER GOMEZ TORRES

 

Amor es apretarse a la cruz, 

y clavarse a la cruz, 

y morir y resucitar ... 

¡Amor es resucitar!

DULCE MARÍA LOYNAZ


En el principio, la ciudad no era más que un lienzo en blanco, un susurro apenas perceptible, un corazón sin sangre ni latido. Entonces él llegó, pincel en mano, y conjuró a los más indómitos colores, y comenzó a perfilar las estructuras, los cimientos… las primeras siluetas de los que sería la ciudad. Con líneas descuidadas y sin proporciones precisas, sembró de flores mustias y seres perturbados los barrios y periferias. A lo lejos, el horizonte es un paisaje hostil, portador de sombríos presagios; al interior de la habitación, los espectros y el aire putrefacto carcomen las paredes. Afuera se escucha el rugido de un tren, el lamento de una vieja, la desesperación del otoño… el suicidio de las golondrinas. La ciudad se rige por principios antidialécticos, por una acumulación de azares e imprevistos que muy lejos están de someterse a la razón o la lógica. Es por ello que se hace imprescindible la negación de todo lo aprendido para lograr adentrarse en los callejones y vericuetos de la ciudad: universo visual del artista Yunier Gómez Torres (Remedios, Cuba, 1982). Una ciudad erigida desde la ingenuidad y la irreverencia y en la que, tras cada esquina, a cada golpe de pincel, el artista encuentra el modo de exorcizar sus demonios, o de emitir – como preferiría Walt Whitman – sus “alaridos por los techos de este mundo”. Y algunas de las escenas cotidianas, por su intensa carga emotiva y su hiriente expresionismo, puedieran resultar bofetadas a la vista del expectador. El tatuaje de un preso, la frase que un niño rayó sobre la mesa de su escuela… hasta un versículo de la Biblia… todo es útil materia prima para el universo visual del artista. Por eso el título de esta nueva muestra: “Uno de vosotros me traicionará”. Aunque, en este caso específico, atendiendo a la cosmovisión personal de Gómez Torres, tendría más sentido adjudicar la cita a un gángster o al jefe de una banda de narcotraficantes, que a un profeta o líder religioso. Recuerdo una obra suya que empleaba como soporte varias piezas de ropa interior de prostitutas, o cuando comenzó a poblar los postes de la electricidad de su natal Remedios con personajes marginales, venidos a menos, antihéroes… pues es precisamente aquello que la sociedad desecha lo que interesa a este creador para esbozar su dramaturgia y nutrir su ciudad. Alguien me dijo una vez que el buen arte está hecho de carroña humana y, por si quedaran dudas, allí está la obra de Yunier para probarlo. Hay en ella – acaso sin pretenderlo – un elocuente ejemplo de antropología visual. 

En un bar de París, Yunier escuchó a un tal Pablo Picasso hablar de arte moderno… al pie de la montaña Hohentwiel, se batió a los puños con Otto Dix… y en una Factoría de Union Square, le propinó tres disparos a Andy Warhol. Y es que Yunier no deja de ser ese niño rebelde que a cada instante se reinventa, se rebela contra toda técnica preestablecida, contra sus maestros e, incluso, contra sí mismo. Morir y resucitar, eso es lo que hace con cada nueva muestra. Pues, a fin de cuentas, crear no es más que eso: morir y resucitar. 

Carlos Ramos Gutierrez